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Inner Circle: Desmadre a la Noruega (I)

lunes, 29 de noviembre de 2010

Cuando se habla del heavy metal, el oyente medio siempre se forma la imagen mental de un tío melenudo con chupa de cuero y con artrosis en la mano de tanto hacer cuernos. Otra de las imágenes que suelen venir a la cabeza son llamas, calaveras, ruidera con guitarras y ciertas inclinaciones a la violencia, el ocultismo y demás movidas. Prejuicios a parte, desde que Black Sabbath se convirtieron a finales de los 60 en la pesadilla de muchos padres de adolescentes confusos, el heavy metal nunca ha dejado de flirtear con el lado oscuro y lo oculto de un modo u otro, unas veces por pura convicción, y otras simplemente por querer tocar un rato los cojones y llamar la atención. Así que en el caso más extremo tenemos a aquellas bandas autoproclamadas satánicas, a personajes de distinto pelaje ejerciendo su orgullo satánico por doquier (algunos como Glenn Benton, con pocas luces, la verdad) y a aquellos que un buen día hicieron suya lafrase de “por lo que me queda en el convento…”. De todo hay en la viña del señor. Y hasta aquí mi capacidad para hacer chistes, lo siento.


Llevaba días sin ir al baño y... ¡Satán!

Hubo un momento en la historia reciente en que esto del satanismo y la música se fue un poco de la mano, y quien dice un poco dice suicidios, asesinatos y cosas por el estilo. Algo así como si JRR Tolkien hubiera flirteado con las drogas alucinógenas – aunque podamos pensar que para crear la tierra media, sus habitantes, idiomas y su árbol genealógico haga falta algo más que imaginación- y en vez de elfos, montaraces y enanos enfrascados en luchas épicas de magia y espada, tuviéramos a una panda de adolescentes pseudo-esquizofrénicos borrachos y quemando iglesias en nombre de Satán . Vayamos a hablar del Black Metal.

Situémonos. Península escandinava, años 80 ¿Qué puede hacer un chaval joven en Noruega o Suecia en esa década? Se me ocurren varias cosas, y sí, una de ellas es beber hasta perder el sentido, que entre tanta nieve, frío y películas de Ingmar Bergman la cosa estaba jodida, pero en el caso de la península algo sucedió con la juventud (bueno, una parte de ella) cuando el heavy metal aterrizó en esa zona. Los originadores de todo, por decirlo de algún modo y a grandes rasgos, fueron dos grupos. Por un lado estaban los ultra-macarras Venom y su álbum de 1982 Black Metal, que a la postre acuñaría el término que definiría al género. Los ingleses fueron de los primeros en usar abiertamente el satanismo y la violencia como fuente de inspiración para su música, un heavy metal pasado de vueltas con raíces punk con el que pretendían dejar en ridículo los flirteos de Ozzy con el ocultismo, y que les valió para ganarse la reputación suficiente para ser los más malos entre los malos.





Los otros culpables fueron los daneses Mercyful Fate y concretamente el cantante King Diamond y sus pinturas faciales (que a su vez estaban inspiradas en las de Alice Cooper, dicho sea de paso), que se convirtieron en fuente de inspiración para las que luego lucirían todos los cantantes de grupos Black Metal. Y no sólo en el aspecto estético, puesto que la motivación de los daneses para crear música, al igual que con Venom sucedía, estaba en el ocultismo y el satanismo del cual King Diamond siempre hizo gala sin tapujos. No en vano fue miembro de la Iglesia de Satán del chalado Anton Szandor Lavey, fundador y auto-proclamado Papa Negro de la susodicha iglesia.





Así, cuando el heavy metal daba sus primeros pasos y se empezaba a gestar uno de sus primeras variantes, el Thrash, el hecho de aterrizar en el norte de europa, sumado a la aparición de grupos como los suizos Hellhammer (que luego se convertirían en los mitiquísimos Celtic Frost), propició el nacimiento los noruegos Mayhem y los suecos Bathory, que fueron la semilla de lo que luego se convertiría en un Desmadre a la Noruega. Las tres bandas mencionadas retorcieron el concepto que ofrecían sus padres putativos y dieron un paso más allá en varias facetas. Musicalmente aunque Hellhammer sería más bien el gérmen del Death Metal (y de eso no vamos a tratar ahora), su aportación al black fue más que evidente por toda la superchería satánica de la que hicieron gala en portadas y letras. Luego, tanto Mayhem como Bathory sentaron las bases del sonido black que se popularizaría más adelante, es decir, producciones pobrísimas (y cutres, no confundamos trve con cutre), veloces riffs de guitarra, y las voces cuyos berreos y gritos desquiciantes nos daban razones de sobras para pensar que a esa incipiente y apocalíptica música tenia suficiente personalidad para considerarse un género nuevo. Además de esto, estas bandas normalizaron la estética repleta de pinturas corporales, muñequeras de pinchos, y cinturones de balas que luego todos los demás imitarían hasta convertirla en uno de los clichés más usados de la historia reciente de la música.





Entonces, ¿qué pasó?


Hasta ahora tenemos algunos conceptos amasados: Satanismo y ocultismo, y por ende, odio al cristianismo. Pero en en esta historia que os cuento en la que habrá profanaciones, muertes y desmadres varios, estos elementos fueron alimentado por el antiguo folclore de los países de esa zona, y cuando se piensa en ese folclore, la primera idea que viene a la mente son los Vikingos. Estas tribus, procedentes las actuales Dinamarca, Noruega, Finlandia y Suecia, se dedicaron durante varios siglos a saquear parte de europa con sus Drakkars en busca de los recursos que no obtenían debido a las duras condiciones de vida en esas latitudes. Llegaron incluso a poner sitio a París, ridiculizando en casi todas esas excursiones a ejércitos completos que no podían competir con la fiereza de la que hacían gala sus guerreros. Imaginad que pesaditos estaban que en el siglo IX el Rey Carlos III de Francia terminó por cederles la región de Normandía para que le dejaran en paz de tanto saqueo y tanta fiesta pagana.




Y en el cráneo de un pijo me bebo mi último carajillo...

Los Vikingos, además, contaban con una riquísima mitología que ha llegado a nuestros días, de una manera un tanto trastocada por el tiempo, gracias a películas, cómics y literatura varia. Esta mitología, con dioses propios, su cielo y su infierno y sus leyendas, consiguió sobrevivir hasta hoy a pesar de que la entrada del cristianismo por esas latitudes trajo consigo problemas varios: Desde conversiones forzosas entre el pueblo bajo amenazas de muerte, a guerras fraticidas entre partidarios de la nueva religión y fervientes seguidores de los dioses tradicionales. Todas esas leyendas e historias fueron tomadas en préstamo como inspiración para muchas de las bandas de Black Metal de las que hablaré, y que encontraron en el estereotipo de guerrero vikingo, (orgulloso y fuerte) y en la religión que practicaban, la excusa para reclamar el retorno a las viejas costumbres y para erradicar el cristianismo, culpable de el abandono de estas. Teniendo ya la ideología satánico/folclórica como combustible para encender el fuego, sólo faltaba algo con que alimentarlo, y el odio, la misantropía y el nacionalismo del que abusaron algunos de los protagonistas de la historia fue lo que oxigenó definitivamente el Black Metal, cuyas llamas se vieron avivadas además por el hecho de confluír todo en la misma zona geográfica, infundiendo un sentimiento de unión y causa común contra los enemigos como el cristianismo.



Asentados ya Mayhem y Bathory como máximos exponentes del género, no tardarían en surgir distintas bandas. El foco principal, Noruega, vio nacer a Ulver, Burzum, Satyricon, Darkthrone, Emperor e Immortal entre otros, y esa primera oleada de Black Metal fue la que causó tanto revuelo en el pacífico país por algo conocido como Inner Circle y que durante unos cuantos años de la década de los 90 se convirtió en la pesadilla de la sociedad Noruega.



(Seguirá en la segunda parte)